23 de noviembre de 2011

Música y discurso


Música y discurso
Una vez más ha salido en una discusión entre especialistas de la investigación musical el problema de la relación de los discursos que circulan en la sociedad y la música (Lista de la IASPM-AL, noviembre de 2011). Las dudas son las de siempre: ¿la música construye por sí misma “discursos” sin ayuda del lenguaje?; ¿la música es un discurso?; o simplemente la música junto con otros agentes no verbales es capaz de remitir a discursos previamente construidos y articulados lingüísticamente.

Todos usamos la categoría teórica de “discurso” y le adjudicamos un valor muy importante en las explicaciones y análisis que hacemos sobre el papel de la música en la construcción de sentido en la sociedad. Sin embargo, parece que la comunidad de investigadores (o una parte de ellos) todavía está muy lejos de llegar a un acuerdo sobre el contenido del término, sus alcances y limitaciones y su relación con la música y las prácticas musicales.
Expongo aquí algunas reflexiones que parten de intuiciones propias y no pretenden de forma alguna constituir una teoría al respecto. Eso es labor para alguien que lo acometa de manera realmente seria. Espero que pronto se abra un debate formal sobre el tema, argumentado y apoyado en conocimiento reconocido y avalado académicamente.

¿Qué es un discurso?
Intuitivamente podemos decir que un discurso es una construcción lingüística que vehicula información, contenidos o significados. Algunos colegas usan el concepto para referirse a aquellos procesos de comunicación que no sólo transmiten información sino que crean “efectos de sentido”. Sin embargo, intuitivamente también, es lógico pensar que un discurso no es un signo aislado en el sentido de una unidad que transmite o permite leer un significado. En todo caso es una articulación coherente de varios signos que actúan coordinadamente para transmitir significaciones complejas y amplias.

La mayoría de los discursos a los que nos referimos en los estudios sociales y antropológicos de la música son alegatos que intentan demostrar, legitimar, explicar, ejemplificar o justificar algunos fenómenos y prácticas sociales, la mayoría de ellos institucionalizados y avalados por los sectores o prácticas hegemónicas. De este modo, hablamos de discursos de género que afirman la condición patriarcal de nuestra cultura, el heteronormativismo y el disciplinamiento sexual o corporal. Nos referimos a discursos identitarios que nos dicen cómo y cuándo nos hacemos parte de colectivos específicos como la patria, el género sexual o nuestra condición profesional o social. Hablamos del discurso que encumbra ciertas músicas como legítimas, modélicas o canónicas, y que denigran a otras como sucias, de mal gusto o vulgares. También hablamos de los discursos que desafían todas estas normas, acuerdos y sobreentendidos sociales.
En definitiva, nos remitimos a discursos que más allá de su veracidad o conveniencia, son algo más específico que simples construcciones verbales que crean “efectos de sentido”. Por lo general, tienen una función argumentativa y epistemológicamente tenderían a ubicarse en el nivel del metalenguaje, de la construcción teórica (aunque ésta sea no formalizada y en muchas ocasiones falaz o defectuosa). Los discursos de este nivel epistémico tienden a explicar ciertas prácticas sociales, las cuales se ubicarían epistémicamente en el nivel de los fenómenos u objetos de estudio sobre cuales se predica algo.

Las funciones argumentativas de los discursos pueden adquirir la forma de procesos de inferencia lógica como la inducción, la deducción o la abducción; pueden ser procedimientos no lógicos como la analogía o metaforización; pueden ser falacias o procesos de argumentación con defectos en su lógica rigurosa o pueden ser también intuiciones, corazonadas o prejuicios expandidos socialmente.

Por otro lado, es obvio que un mismo discurso se puede encarnar en diversas construcciones lingüísticas. Consideremos el discurso de la supremacía estética de la música absoluta sobre la funcional y de la autonomía de la música. Podemos hablar sobre el tema en muchos idiomas o podemos hablar de él de muchas maneras: de modo extremadamente conceptual o descriptivo; con ejemplos o sin ellos; organizándolo de manera cronológica o temática; etc. Admitamos que el discurso no es el lenguaje que lo vehicula, sino los contenidos vehiculados; que estos se pueden expresar de muchas maneras y en algunos casos, quizá, puedan ser representados de manera no verbal por lo menos en algunos de sus aspectos.

Otro problema es el modo en que se transmiten socialmente los discursos. ¿Cómo aprendemos a ejercer los principios patriarcales y heteronormativos de nuestra sociedad? ¿Alguien nos explicó claramente cómo actúa un varón o una mujer antes de asumir esos roles? ¿O simplemente fuimos aprendiéndolos tácitamente, imitando las conductas, chistes, actitudes que vimos en nuestro entorno? Seguramente ha sido una combinación de recursos verbales y no verbales. Algunos contenidos, valores o elementos del discurso no se aprender discursivamente sino performativamente, interactuando en el espacio social, integrándonos a las prácticas y conductas hegemónicas. Quizá este aprendizaje construya en nosotros valores fragmentados, discontinuos, que sólo se nos revelan en nuestra conciencia como un todo orgánico y coherente cuando los discursivisamos en nuestros análisis o reflexiones personales e intuitivas; cuando los leemos de un especialista que nos explica por qué nuestra cultura es como es o quizá los descubrimos en el diván del psicoanalista.

De este modo podemos concluir lo siguiente:

·         El discurso no es sólo un “efecto de sentido” sino la producción de sentido por medio de la articulación coherente y extensa de varios significados. Podemos entender esta articulación como una secuencia de argumentaciones o como una red de significados interdependientes de tal suerte que si falta algún elemento de la red, entonces el discurso no funciona “correctamente”.

·         En la realidad social los discursos por lo general se aprenden paulatinamente de forma fragmentada por medio de la performance social: rituales de paso, el baile, los chistes, las conductas sexuales, la manera en que relatamos nuestras experiencias a nuestros amigos celebrando, reduciendo y omitiendo ciertos hechos, etc. Los discursos se forman a partir de estos valores de significado cultural: es un modo de articularlos y darles coherencia (aunque sean perniciosos, falaces o interesados).

·         El discurso no es el lenguaje sino sus contenidos, algunos de ellos susceptibles de ser representados por medios no verbales por lo menos en algunos de sus aspectos.

·         En la medida que un discurso tiene funciones argumentativas, es posible abstraer analíticamente de su materialidad lingüística sus estrategias argumentativas: sus principales ideas, ejemplos, aseveraciones recurrentes, y formas de inferencia lógica o no lógica. Un argumento puede simbolizarse por las conocidas fórmulas de lógica matemática. Mi colega y amigo Alfredo Cid trabaja desde hace años sobre la capacidad argumentativa de las imágenes.

·         Los discursos se expresan de manera más completa en forma verbal. Pero algunos de sus elementos de sus contenidos, de sus partículas argumentativas, algunos de los valores de significado cultural, se pueden transmitir por medios no verbales.

Discursos y medios no verbales
Todos sabemos de la importancia que tienen los elementos no verbales que acompañan la elocución en las circunstancias de comunicación verbal. Entre éstos destacan el lenguaje gestual y corporal, lenguaje visual, la mirada y los elementos paralingüísticos: la intensidad o el volumen de la voz; la velocidad de emisión de los enunciados; el tono y las variantes de entonación y la duración de las sílabas; expresiones de llanto, risa, el ritmo, la fluidez, el control de órganos respiratorios y articulatorios, etc. Habría que agregar el lugar desde donde se enuncia, el papel función o identidad del personaje que enuncia, etc. Todos estos elementos juegan un papel decisivo en la significación: pueden matizar, enfatizar, profundizar alterar, ironizar o desmentir lo que decimos.

La musca en los discursos
Lawrence Kramer ya había notado que la música puede interactuar con los discursos hablados de manera similar a como actúa dentro del audiovisual donde imagen, texto y sonido se enzarzan en una suerte de contrapunto intersemiótico que propicia que las diferentes significaciones emanadas de cada medio en ocasiones se refuercen, se sobreesciban hasta la redundancia o el pleonasmo, o bien se complementen, se maticen, se ironicen, se contradigan, se desmientan, etc. Esti Sheinberg ha desarrollado una de las teorías más completas sobre cómo la música por si misma puede crear ironías, sátiras, parodias y efectos grotescos.

Por otro lado, no hay música que no se escuche a través de un discurso. Los discursos median nuestra percepción: discursos que valoran estética o socialmente la música que escuchamos, que nos dicen qué música aporta o nos quita valor social, que nos indican qué práctica musical es buena, prestigiosa o condenable, que nos inducen a buscar originalidad e innovación, etc.

Algunas Preguntas
¿Qué es primero, el discurso o las prácticas? Lo más probable es que sean co-determinantes: se van formando mutuamente poco a poco.

¿La música o cualquier otro elemento no verbal puede formar parte integral de un discurso; o sólo sirve para ejemplificar o contradecirlo? ¿Se trata de entidades epistémicamente asimétricas: uno se ubica en el nivel de “objeto de estudio” y el otro del “metalenguaje” que lo “explica”?

¿Los mecanismos de argumentación de los discursos llegan a depender de la función de algún elemento no verbal? Quizá aquellos que se basan en procesos analógicos o no lógicos.

¿Por dónde seguir?
Mis amigos musicoteraputas argentinos con frecuencia, cuando tienen que entrevistar a un menor marginal que ha sido enviado a una institución y se niega o no pueden hablar, tienen que recurrir a la música que escucha para comprender su discurso identitario.

Quizá sea momento de concebir los discursos no ya únicamente como emplazamientos lingüísticos, sino como artefactos multimedia donde lo lingüístico se contrapuntea intersemióticamente con la imagen y el sonido, y dentro de éste, la música y lo musical. Después de todo, los artefactos multimedia nos acompañan todo el tiempo (en móviles, reproductores, computadores, etc.).

¿A donde nos llevaría este principio; cómo deberíamos estudiar esta discursividad multimedia?

El problema sigue abierto.

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